Contexto histórico del arte barroco

El término “Barroco” tiene origen portugués y significa “perla de forma irregular”. En el s. XVIII, los teóricos ilustrados decidieron denominar como arte barroco al arte producido en Europa entre 1600-1750, pues bajo su criterio no respetaba las reglas y las proporciones clásicas, sino que se dejaba llevar caprichosamente por las irregularidades impuestas por los artistas.
En la época barroca (1600-1750), Italia se convirtió en la cuna de las artes en Europa, continuando con el esplendor vivido durante el Renacimiento y recibiendo la visita continua de artistas europeos que buscaban formación. Concretamente, Roma se convirtió en el centro artístico dominante, lugar de residencia de los artistas más reputados, y expresión de una Iglesia triunfante que reafirmó el poder del Papado frente al protestantismo. Sin embargo, fuera de Italia también surgieron centros artísticos destacados como París, sobre todo durante el reinado de Luis XIV, el Madrid de los Austrias, o Flandes y los Países Bajos.
El arte barroco tuvo un fin eminentemente propagandístico, pues buscaba la emoción y el deleite de los sentidos del espectador al servicio de dos instituciones primordialmente:
  • Monarquía absoluta. El arte barroco se convirtió en un instrumento de propaganda del poder absoluto de los monarcas, como una manifestación de la grandeza de los reyes europeos. Este aspecto se concretó en la construcción de importantes palacios para los monarcas y en las abundantes reformas urbanas que se produjeron en las principales ciudades europeas.
  • Iglesia. La vida eclesiástica del Viejo Continente giraba en torno a las consecuencias que había desatado el estallido de la Reforma protestante en el s. XVI. El Concilio de Trento (1545-1563) fue convocado por la Iglesia para debatir las innovaciones introducidas por el protestantismo. Con Trento se inicia la Contrarreforma católica, que supuso una reafirmación en los principios tradicionales de la Iglesia y que dotó al dogma católico de un sentido triunfal. En este sentido, el arte barroco se convirtió en un medio eficaz para adoctrinar a las masas, en una herramienta concebida para manifestar la grandeza de la Iglesia mediante una arquitectura grandiosa y unas artes figurativas basadas en el naturalismo, la claridad narrativa y la generación de devoción en los fieles.

El Barroco fue una época en la que el arte persiguió la excitación de los sentidos del espectador, mediante un discurso persuasivo. De esta manera, el componente intelectual del arte renacentista deja paso ahora a un discurso dirigido sobre todo a los sentidos del espectador, despertando el fervor y la devoción en el mismo mediante el asombro, la maravilla y el encantamiento visual. Para conseguir esta retórica de la persuasión, el arte barroco recurrió a valores como:
  1. Decorativismo, incremento de la ornamentación hasta llegar a la exhuberancia.
  2. Gusto por la escenografía, el efectismo y la teatralidad en las artes.
  3. Rechazo por el equilibrio, la medida y la norma renacentistas, que fueron sustituidas por un carácter irracional, excesivo y expresivo en las artes, cuya finalidad fue impresionar, conmover y persuadir a los fieles.
  4. Búsqueda de movimiento y dinamismo en las artes, recurriendo con frecuencia al uso de la línea curva.
  5. Efectos luminosos teatrales, basados en el contraste entre la luz y la sombra.
  6. Expresividad y dramatismo en las artes plásticas.

Si el Barroco abarcó la totalidad del s. XVII en Europa, la primera mitad del s. XVIII estuvo presidida por el rococó, un estilo fundamentalmente decorativo que refleja el gusto de la aristocracia del Setecientos por la comodidad y el buen vivir rodeados de cosas agradables, bellas y alegres. El término rococó procede de la combinación de rocaille, rocalla, elemento decorativo que abunda en el s. XVIII, y la palabra barroco, y fue acuñado peyorativamente por los autores ilustrados. Dicha tendencia nació en el ambiente refinado de la Francia de la regencia del duque de Orleáns (1715-23), durante la minoría de edad de Luis XV, en cuyo reinado alcanzó su máximo esplendor. Desde Francia se extendió por toda Europa.

Características generales de la arquitectura barroca


Las formas artísticas del Barroco se crearon en Italia, por lo que es allí donde se hallan los primeros prototipos de edificios barrocos, especialmente iglesias y palacios. La arquitectura también centró su atención en las obras urbanísticas que se llevaron a cabo para la ordenación de las ciudades. Entre las características generales de la arquitectura barroca destacan:

1) Uso de una enorme variedad de materiales, que oscila desde ricos y variados mármoles empleados en construcciones eclesiásticas y palaciegas, combinadas con sillares de piedra, hasta el ladrillo unido con argamasa de las construcciones conventuales más modestas.

2) Uso del lenguaje arquitectónico del clasicismo, que no obstante, fue empleado con mayor libertad que en el Renacimiento, potenciando valores como el decorativismo, la escenografía y la libertad creadora. En este momento se emplean elementos como las columnas tanto para decorar fachadas como para producir efectos de perspectiva, y también se recurre con la misma finalidad a la combinación de pilastras y columnas. En las fachadas suele ser frecuente el empleo de órdenes colosales o gigantes. Entre los elementos sostenidos, el vocabulario barroco cuenta con remates en las portadas, volutas en las fachadas de las iglesias, cubiertas abovedadas con complejos esquemas geométricos, entablamentos interrumpidos y frontones partidos, entre otros.

3) Complejidad de las plantas de los edificios. La arquitectura barroca gustó del uso de plantas que recurrían a la forma curva, como las plantas elípticas u ovales. En numerosos ejemplos, también se combinaron la planta longitudinal con la central, creando iglesias de una nave única flanqueada por capillas con una cúpula sobre el crucero.

4) Movimiento y ondulación. En los monumentos barrocos fue frecuente la alternancia de muros rectos con curvos, de entrantes y salientes, de superficies cóncavas y convexas, obteniendo gran abundancia de espacios onduladas en los edificios. De este modo los muros, las fachadas, los entablamentos e incluso las columnas fueron modificadas mediante la ondulación y la línea curva.

5) Decorativismo. Los edificios del Barroco gozaron de una exuberante abundancia decorativa tanto en el interior como en el exterior, generalmente compuesta de ricos mármoles de diferentes tonalidades que creaban espacios de rica policromía. Entre los elementos decorativos más frecuentes de la arquitectura barroca, cabe citar los remates curvos ornamentales de las portadas, el uso de las volutas en las fachadas de las iglesias, los entablamentos interrumpidos, los frontones partidos, y en el interior el uso de cubiertas abovedadas ornamentadas mediante complejos esquemas geométricos.

6) Contrastes luz-sombra. En los muros barrocos se aplica una combinación de zonas iluminadas con otras no iluminadas. El contraste entre pronunciados salientes en el muro (luz) y entrantes (sombra), genera un intenso dramatismo y teatralidad en la arquitectura.

7) Fusión de las artes e ilusionismo. En los interiores barrocos, arquitectura, escultura y pintura se fusionan, generando espectaculares espacios fingidos, que provocan una intensa sensación de ilusionismo en el espectador.

Entre las tipologías arquitectónicas más representativas del Barroco es necesario resaltar:

a) Iglesias. La arquitectura sagrada barroca deseaba ser una muestra del triunfo de la fe católica sobre la herejía protestante. Para ello aludía a la glorificación de Dios y de su Iglesia, exponiendo adecuadamente las verdades del dogma católico, llegando intensamente a la conciencia de los fieles. En el Barroco se practicaron numerosas reformas en importantes basílicas o catedrales europeas y proliferaron los templos financiados por grandes familias nobiliarias y las iglesias erigidas por las órdenes religiosas más destacadas de la época, como la Compañía de Jesús. Las iglesias contaron con unos interiores en los que se cantaba la gloria de Dios a través de una abundante decoración y de ricos materiales como los mármoles polícromos o excelsos dorados. En el exterior, los templos buscaron no sólo la integración armónica con el espacio urbano circundante, sino también subrayar la presencia de la gloria de Dios en la ciudad, mediante espectaculares fachadas de gran decoración y riqueza escultórica, con programas iconográficos cuidadosamente escogidos con finalidad catequética. Las iglesias barrocas recurrieron a dos tipos de plantas principalmente:

-La planta longitudinal o “jesuítica”, inspirada en el modelo de la iglesia del Gesù de Roma, obra de Vignola y que consistía en una única nave longitudinal flanqueada por capillas laterales, rematada en un ábside y coronada con una cúpula en el crucero. Este modelo acercaba el altar a los fieles, subrayando la centralidad de la Eucaristía en la vida cristiana, y resultó propicio no sólo para los templos más modestos sino para los más grandiosos (como quedó reflejado en la reforma de la basílica de San Pedro del Vaticano).

-En el Barroco se aplicaron con gran abundancia las plantas centrales, basadas en formas circulares, pero también ovales y elípticas. Estas plantas planteaban mayores inconvenientes litúrgicos y una mayor complejidad arquitectónica al templo. Sin embargo, fueron tremendamente usadas debido a su gran dinamismo, teatralidad y uso de la curva. Se generalizaron principalmente en las iglesias de pequeño tamaño.

b) Palacios. El palacio barroco era principalmente una expresión del poder de la nobleza o de la monarquía absoluta en el espacio urbano. Generalmente recurrió a la tradicional planta cuadrada en torno a un patio central, o también creó un monumental esquema en “U”, usado sobre todo en monumentales palacios regios (como el palacio de Versalles en Francia). Los interiores de los palacios barrocos destacan por su abundante decoración y su imponente lujo, junto a la creación de monumentales escaleras con cuidados efectos perspectivos y teatralidad. En la fachada, los palacios barrocos se componían mediante órdenes arquitectónicos que se superponían en plantas horizontales flanqueando arquerías de medio punto provistas de ventanas. Este esquema de raíz renacentista se enriquecía notoriamente con una abundante decoración y efectos perspectivos. En los palacios barrocos gozaron de una gran relevancia los paseos, los jardines y las fuentes de agua, que solían repartirse siguiendo estudiadas disposiciones simétricas y perspectivas.

El urbanismo jugó un papel importante en la arquitectura barroca. El urbanismo barroco defendía el plano ortogonal, ordenado y uniforme del Renacimiento. No obstante, en los siglos XVII y XVIII se concedió un gran protagonismo a las plazas, concebidas persiguiendo efectos escenográficos y de sorpresa para el espectador. Además, la presencia de edificios civiles y religiosos (de la Monarquía y la Iglesia) en el ámbito urbano fueron destacados mediante imponentes construcciones de extraordinaria decoración. El prototipo urbanístico del Barroco surgió en Roma con las propuestas del papa Sixto V que Domenico Fontana puso en práctica. Así, abrió calles anchas y rectas que conducían a los lugares santos de la ciudad, uniendo los enclaves arquitectónicos, las grandes basílicas de Roma. El plan urbanístico de Sixto V se prolongó a lo largo del siglo XVII en Roma, y sirvió de modelo a otras ciudades, como Turín.




Gianlorenzo Bernini


Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) fue uno de los grandes genios del s. XVII italiano. Practicó todas las artes, incluso la escenografía, aunque se consideraba a sí mismo escultor. Trabajó abundantemente para los grandes mecenas de la Roma barroca, como fueron el papa Urbano VIII y la familia Barberini. La arquitectura de Bernini conserva una importante raigambre clasicista de raíz renacentista (clara distribución de las masas), aunque está enriquecida con un sentido de la ornamentación puramente barroco. Igualmente barrocos son la grandeza y monumentalidad de sus proyectos que suelen recurrir al uso de órdenes colosales, el gusto por la línea curva, el diseño teatral de sus obras, la rica ornamentación polícroma de sus interiores y la síntesis que realiza entre las diferentes artes con una finalidad ilusionista.
El baldaquino de San Pedro del Vaticano es una de sus primeras obras arquitectónicas. Realizado entre 1624 y 1633, fue la primera obra de Bernini tras ser nombrado maestro de obras del Vaticano por el papa Urbano VIII. El baldaquino es una estructura arquitectónica situada en el crucero de la basílica de San Pedro, bajo la cúpula de Miguel Ángel y sobre la tumba de San Pedro. En la obra, Bernini conjuga magistralmente arquitectura, escultura, pintura y decoración. El baldaquino supone un colosal altar de bronce compuesto por enormes columnas salomónicas (de fuste con forma en espiral) de capitel compuesto. Bernini también construyó la plaza de San Pedro del Vaticano entre 1565 y 1667. Ésta constituye una gran elipse rodeada por una gran columnata cuádruple que se une a la iglesia con dos alas inclinadas. La iglesia de San Andrés del Quirinal en Roma (1658-1670) fue una de sus creaciones más relevantes. En su fachada utilizó un pórtico de columnas coronado por un frontón, adosado a muros curvos y cóncavos, buscando efectos de juego lineal y de claroscuro. El interior de la iglesia se inspira en el Panteón de Roma. Posee una planta ovalada que está rematada en el centro por un templete con columnas en el altar, rematado por la ascensión de San Andrés sobre u frontón partido. El interior se cubre con una cúpula elíptica. El espacio se articula con mármoles ricos y polícromos, de gran decorativismo, así como mediante zonas de luz y de sombra, pues las capillas se expanden en claroscuros. La iluminación procede de la linterna de la cúpula, que concede luz de modo teatral a la capilla mayor y a la escultura de San Andrés. Bernini creó la fachada del importante palacio Barberini de Roma (1652-33) en el que había trabajado también Maderno. En la fachada se superponen los tres órdenes, con arcadas y galerías provistas de ventanas, y que posee un solemne pórtico en la planta baja. Además de edificios, Bernini trabajó para la ciudad de Roma, en la que fundió el espacio natural y el espacio urbano al llevar el agua a la ciudad por medio de las fuentes, que contribuyen a la articulación y decoración de la urbe, como la fuente de los Cuatro Ríos en la plaza Navona (1648-51). Creó obras de gran valor escenográfico y perspectivo como la escalera regia del Vaticano.

Francesco Borromini


Francesco Borromini (1599-1667) fue un arquitecto romano de gran talento e imaginación. Antagonista y rival personal de Bernini, trabajó sobre todo para órdenes religiosas modestas. La arquitectura de Borromini trasgrede en mayor modo que la de Bernini las normas del clasicismo renacentista. Sus iglesias, generalmente pertenecientes a órdenes religiosas de escasos recursos económicos y de modesto tamaño, están repletas de fantasía, expresividad y dramatismo. Borromini dotó a sus construcciones de un intenso movimiento, conseguido con la ondulación de muros y entablamentos, que creaban ritmos cóncavo-convexos basados en el efecto de curva contra curva. De igual modo, también recurrió a plantas complejas y dinámicas que combinaban diversas formas geométricas. El decorativismo y la trasgresión de las reglas clásicas fueron constantes en su obra, sobre toso gracias a la creación de nuevas proporciones y a un uso brillante de la perspectiva, que proporcionaba la ilusión de unas mayores dimensiones de sus edificios con respecto a lo que en realidad medían. El carácter rupturista de Borromini con respecto al clasicismo se aprecia en su recuperación de algunos elementos de origen medieval como las bóvedas de crucería, los arcos mixtilíneos e incluso formas similares a los pináculos.
Entre sus obras hay que mencionar la iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane en Roma, entre 1634 y 1667. La iglesia presenta una planta ovalada con curvaturas convexas en sus cuatro esquinas. El entablamento contornea la iglesia siguiendo todas esas formas. La cúpula ovalada, de contorno curvilíneo, con pechinas, está decorada en el interior a modo de artesonado con motivos geométricos en relieve. La fachada es puro dinamismo y movimiento ondulante con tramos convexos y cóncavos. Está articulada mediante la combinación de un orden pequeño y otro gigante. En la cima, se encuentran unos elementos llameantes que sustituyen el frontón, y un medallón ovalado sostenido por ángeles. Otra de sus obras relevantes fue Sant´Ivo della Sapienza entre 1642 y 1660. Su planta tiene forma de estrella mixtilínea a base de un hexágono rodeado de seis lóbulos, en la que se alternan líneas rectas con líneas cóncavas y convexas. La cúpula en el exterior está envuelta por un tambor lobulado con pilastras, arcos, iluminaciones y claroscuros, sobre el que emergen un casquete y una alta linterna de ritmo rotatorio y en espiral. Su fachada describe una curva cóncava dividida en dos pisos con arcos de medio punto flanqueados por pilastras y rematada por un ático con decoraciones ovaladas. Otras de sus obras importantes fueron la monumental fachada de Santa Agnese de Roma en la plaza Navona y el colegio de Propaganda Fide.

Comentarios de obras de arte


Baldaquino de San Pedro del Vaticano-Bernini

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La obra que a continuación vamos a comentar recibe el nombre de Baldaquino y se encuentra en la basílica de San Pedro del Vaticano. Fue realizado por Gian Lorenzo Bernini entre 1624 y 1633, por lo que pertenece al arte barroco.
A medio camino entre la arquitectura y la escultura, el baldaquino diseñado por Bernini para situarlo justo en el crucero de la basílica de San Pedro del Vaticano, bajo la cúpula diseñada por Miguel Ángel y sobre la tumba del apóstol San Pedro, se trata de un enorme dosel que resalta el altar a la manera de los ciborios de las iglesias paleocristianas, Realizado en bronce negro, dorado y mármol, se levanta sobre cuatro enormes columnas salomónicas, esto es, de fustes helicoidales decorados con anillas y hojas que parecen trepar por los mismos, y se rematan en capiteles de orden compuestos. Sobre éstos descansan unos entablamentos partidos que sostienen un techo del que penden, también en bronce, pendones con el emblema de la familia Borghese, a la que pertenece el papa Urbano VIII, mecenas de la Obra. De las cuatro esquinas partes cuatro volutas ascendentes que se unen para rematar el conjunto una bola del mundo dorada sobre la que se asienta una cruz. A los elementos puramente arquitectónicos se suman esculturas de ángeles en las cuatro esquinas así como ángeles niños sobre los doseles que portan los atributos del poder papal, la tiara y las llaves.
Los materiales empleados son mármol para las bases sobre las que se levanta el conjunto y bronce negro y dorado. Cabe destacar la búsqueda por parte del autor de los contrastes tan del gusto barroco; contrastes visibles tanto entre las líneas movidas y ascendentes de la columna salomónica frente a las pilastras clásicas de la basílica,de líneas rectas, como entre el color negro y dorado del bronce en contraposición al mármol blanco del edificio.
Como ya hemos mencionado nos encontramos ante un monumento donde se mezclan los elementos arquitectónicos con los escultóricos y cuya finalidad no e sólo resaltar el altar situado en el crucero así como el lugar donde se encuentra enterrado San Pedro, sino que hay que ver en este monumento una exaltación del poder papal así como un manifiesto del nuevo arte barroco. En efecto, en una Europa donde el cristianismo se había dividido y el protestantismo denunciaba la autoridad papal como un poder meramente terrenal, la Iglesia Católica ve en el nuevo estilo artístico una posibilidad de hacer propaganda de todos los dogmas rechazados por los protestantes y reivindicar el poder del Papa como un poder legítimo otorgado directamente por Cristo a través de San Pedro, considerado el primer pontífice y sobre cuya tumba se levanta el monumento. Así los ángeles que portan los atributos del poder papal, la representación del Espíritu Santo sobre el techo del monumento y la cruz que reina sobre el globo terráqueo corroboran esta idea del origen divino del poder papal. Así mismo, además del deseo de exaltación del poder pontificio y de resaltar lo sagrado del espacio donde se sitúa, hay que ver en este monumento un deseo más mundano de perpetuar la gloria personal y familiar como queda patente en la presencia del escudo de la familia Borghese en el monumento.
Hay que ver en esta impresionante obra de Bernini todo un manifiesto del nuevo estilo barroco y de su búsqueda del movimiento, el contraste, la teatralidad y la impresión en el espectador como elementos al servicio de una causa que en este caso es la exaltación del poder del Papa y de la Iglesia Católica.

Plaza de San Pedro del Vaticano-Bernini

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Obra arquitectónica correspondiente con la plaza de la basílica de San Pedro del Vaticano, construida por Gianlorenzo Bernini en 1656. Esta obra religiosa pertenece, por tanto a la arquitectura barroca. La participación de Bernini en la Basílica de San Pedro del Vaticano encuentra su aportación más conocida y espectacular en la urbanización de la plaza de acceso a la basílica, en la que se integran los conceptos de arquitectura y urbanismo. Se utiliza en su diseño la planta elíptica, que ya había utilizado en San Andrés del Qurinal, que a su efecto centralizador une el dinamismo de sus muros curvos. En este caso no obstante, la plaza añade su imponente monumentalidad, dadas sus grandes dimensiones (340 x 240 m.). En dicha traza participa también el matemático español Juan Caramuel Lobkowitz. El proyecto definitivo consiste en la traza de una plaza ovalada delimitada por un pórtico arquitrabado, con un alineamiento de columnas toscanas. Dicha columnata se ve rematada por una balaustrada sobre la que se asientan ciento cuarenta santos. La plaza cuenta con dos ejes claramente delimitados: por un lado, un eje transversal, formado por el obelisco central y las dos fuentes laterales. Y por otro, un eje longitudinal, dibujado por las dos alas oblicuas de la columnata, que desembocan visualmente en la fachada del Vaticano realizada por el arquitecto Carlo Maderno. El efecto que consigue esta solución formal es múltiple: crea en primer lugar una considerable amplitud visual, y además una gran capacidad espacial, que permite la congregación de numerosos fieles. Crea además un espacio típicamente barroco, en tensión, aportada en este caso por el juego de líneas en contraste, combinando la forma ovalada de la columnata, la verticalidad de las columnas y la horizontalidad de su arquitrabe. Se consigue también completar un sentido simbólico de religiosidad en la plaza, ya que así trazada emula un gigantesco abrazo que la Iglesia como comunidad abre hacia quienes quieran acogerse en su seno. Y Es además símbolo del cosmos, referido en esta ocasión a la Universalidad de la Iglesia.
Entre sus elementos más sobresalientes por su importancia decorativa y simbólica se encuentra el obelisco, que como un vástago central sirviera de epicentro a un teocentrismo cristiano, sin olvidar que su mismo simbolismo religioso en el Antiguo Egipto se repite aquí al servir de referencia, igualmente simbólica, de eje conector entre el mundo terrenal y el celestial. El obelisco proviene al parecer de Alejandría donde fuera levantado por Augusto. De allí viajaría Roma, donde Calígula lo utilizaría para decorar la spina del Circo de Nerón. Sería en 1586, cuando el papa Sixto V decidió colocarlo frente a la Basílica del Vaticano en memoria del martirio de San Pedro, que se había realizado precisamente en dicho circo, razón por la que se le conocía en el entorno cristiano como el "testigo mudo" que había asistido a la crucifixión del apóstol. En lo alto estaba coronado por una esfera de bronce (que según la leyenda contenía los restos de Julio César), y que sería reemplazada por una cruz que lo remata.

San Andrés del Quirinal (planta)-Bernini

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La iglesia es la de Sant´Andrea al Quirinale, en Roma, de estilo barroco diseñada por Gian Lorenzo Bernini (1598--1680), arquitecto de los papas y, además, de este templo tan peculiar.
El proyecto fue encargado a Bernini, quien consideró la posibilidad de levantar un edificio de planta pentagonal, aunque finalmente optó por la forma elíptica centralizada. Las obras comenzaron a finales de 1658 y quedaron concluidas, en lo fundamental, en 1670, con el resultado de que en esta pequeña iglesia romana vinieron a coincidir diversas soluciones constructivas que buscaban la sorpresa del espectador. La primera de ellas se encontraba en la misma fachada del templo, a la que se accede por una escalinata curvada. Contrasta aquí el llamativo clasicismo, conseguido a base del empleo de pilastras jónicas de orden gigante que sostienen un frontón triangular, con el pórtico curvado y sobresaliente, elevado sobre columnas exentas (también de orden jónico), que parece adelantarse para recibir al visitante y en el cual se cobija otro frontón triangular. Franqueada la entrada, el espectador va a resultar de nuevo sorprendido. Bernini ya había experimentado con anterioridad con las plantas ovaladas, pero aquí introdujo otra novedad, consistente en disponer la única entrada al templo en paralelo con el eje mayor del edificio y no con el menor, como hubiese sido habitual. De esta forma se ofrece al visitante un amplio frente visual, reforzado además por la disposición de un pequeño ábside que enmarcaba el fondo de la capilla principal, dispuesta frente a la entrada, y a cuyos lados se situaban dos pares de columnas corintias de mármol que sostienen un frontón curvo partido en el que se colocó una escultura de San Andrés en vuelo hacia el cielo. Por tanto, en el conjunto de este eje, el juego de volúmenes se basa en lo contradictorio: convexo en la entrada y cóncavo en la capilla. Por otra parte, en los muros de la iglesia, a ambos lados de los extremos del eje mayor, se sitúan cuatro otras cuatro capillas con altares separadas por pilastras corintias. A sus lados, otros cuatro nichos con tribunas sobre ellos permiten alojar confesonarios.
En todo este conjunto sorprende también la riqueza de los materiales empleados: mármoles de distintos colores, estucos y dorados, esculturas de ángeles. El mismo repertorio decorativo lo encontramos también en la cúpula que cubre el templo y por la cual la luz que atraía a Bernini inunda el interior. Todo ello al servicio de una idea principal: la de hacer visible que el martirio de San Andrés, conforme aparece reflejado en el lienzo del altar mayor, fue el glorioso camino que lo condujo a la vida eterna. Pura escenografía barroca. El arte de la sorpresa.

San Carlos de las Cuatro Fuentes (exterior y planta)-Borromini

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Obra arquitectónica religiosa, San Carlos de las Cuatro Fuentes en Roma, fue creada por Franceso Borrimini entre 1634 y 1667, siendo una de las obras maestras de la arquitectura barroca italiana.
Tras la realización del Convento y Claustro que le encarga la Orden de los Trinitarios españoles en Quattro Fontane, bastantes años después, Borromini recibe el encargo de terminar la iglesia y la fachada. Borromini la resuelve con una planta elíptica, donde se puede comprobar cómo Borromini la estructura a partir de una clara geometrización del espacio. Dos triángulos equiláteros unidos por la base parecen ser la génesis de la obra, aunque también lo podría ser la anamorfosis del círculo. Ambas soluciones muestran una racionalización del lenguaje barroco. La planta es elíptica, con un sentido de contracción opuesto al de expansión que busca Bernini en San Andrés. Alrededor de esta elipse se disponen diagonalmente las capillas y varios nichos. Esta planta le permitía respetar la fuente del chaflán, una de las cuatro que presenta el cruce de las dos calles y que le da el pseudonombre a la iglesia. Efectivamente, Borromini parte de un espacio angosto, un cruce de calles. Había cuatro fuentes en el solar y una de ellas debía respetarla, dejando un chaflán en una esquina para albergarla. La planta es nueva, elíptica, y no tiene precedentes y se crea en función del solar: un patio rectangular con los ángulos en chaflán. A partir de este espacio, crea una planta muy dinámica, quiere un edificio que se mueva y que rompa con la tradición clásica. Cómo es la tónica de su carrera arquitectónica, el arquitecto se debe adaptar a espacios pequeños y complicados para elaborar auténticas obras monumentales, gracias a su imaginación desbordante: estamos ante una iglesia pequeña pero monumental. En su interior presenta un orden único de grandes columnas agrupadas de cuatro en cuatro con nichos y molduras continuas en los muros, que parecen reducir más el espacio y obligar al muro a flexionarse, y a parecer deformada la cúpula oval que corona este espacio interno. La cúpula se adapta a la planta y es en forma de elipse muy decorada en su interior. Esta cúpula muestra una gran decoración que quiere simular un artesonado clásico con motivos octogonales, hexagonales y en forma de cruz, que van disminuyendo a medida que confluyen en la linterna. Introduce, pues, la planta flexible y utiliza formas cóncavas y convexas que se articulan en un muro ondulante, lo que da como resultado un espacio interior dinámico. De esta manera, este conjunto de pequeñas dimensiones, al no poder ser medido ni acotado, crea una espacialidad que la hace mayor a los ojos del espectador.
Tal vez lo mejor y más rompedor de todo sea la fachada: se trata de la forma más fragmentaria, discontinua y antimonumental de la arquitectura barroca. De la fachada, él hizo el cuerpo inferior y el superior lo hizo su sobrino, pero siguiendo sus proyectos. Va en contra de todas las fachadas que se conocían hasta entonces: es ondulada y alabeada, con dos curvas cóncavas y una convexa en el centro para romper así los planos, al igual que en el interior. Con este efecto consigue que la luz provoque en la fachada matices distintos. Está compuesta por dos pisos de tres calles cada uno. El central del primer piso, con la puerta de acceso al templo, es convexo, y los dos laterales cóncavos. En cambio, en el segundo piso, las tres calles son cóncavas. La cornisa marca el movimiento principal del conjunto cóncavo-convexo-cóncavo en la planta baja, y en el nivel superior se dibuja un movimiento cóncavo-cóncavo-cóncavo sólo roto por el gran medallón que preside toda la composición y un pequeño templete elíptico con balconaje. La puerta es convexa y encima pone una media cúpula. En los laterales pone nichos cóncavos para acentuar el rompimiento de líneas. Borromini cuida que su fachada se adapte a la calle, mirando de no ultrapasar los límites lineales de ésta y respetando su unidad utilizando los mismos materiales constructivos que los edificios colindantes. Lejos está, pues, de enmarcar el edificio en un marco majestuoso que resalte su nobleza y singularidad, como hacía Bernini. La misma fachada se presenta como una unidad independiente del interior del edificio con el que no guarda ninguna relación.
San Carlos de las Cuatro Fuentes es conocida como San Carlino por sus reducidas dimensiones, y se trata de la obra más representativa de Borromini y, paradójicamente, es contemporánea de la columnata de San Pedro del Vaticano, de Bernini. San Carlos es la primera obra autónoma de Borromini y también la última en la que trabajará el arquitecto. Tenía 35 años en 1634, cuando los frailes Descalzos españoles de Roma le encargaron la construcción del convento y de la iglesia, y tuvo que superar la dificultad que comportaba lo reducido del espacio y su irregularidad. La primera fase, que incluye el convento y el claustro, concluyó el 1637. De este momento destaca, sobre todo el claustro, de reducidas dimensiones, en el que ya se manifiesta la ruptura de los esquemas tradicionales rectangulares. Desgraciadamente, el convento ha desaparecido en la actualidad. En 1641 concluía la iglesia, dedicada a San Carlos Borromeo, retomando al final de sus días la fachada, en 1667, que no puede concluir al morir, terminándola su sobrino Bernardo, siguiendo fielmente sus planos.

Vocabulario artístico


Los términos de la lista de vocabulario trabajados durante este tema han sido:
COLUMNA SALOMÓNICA
BALDAQUINO